El pasado martes 24 de febrero, el Salón Vollmer del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) acogió la presentación de un libro. Pero el foro que precedió el bautizo dejó algo más que comentarios académicos. Entre reflexiones históricas y referencias empresariales, comenzó a delinearse un cambio de lenguaje —y quizá de etapa— en el discurso económico venezolano.

Frente a un público compuesto por académicos, empresarios y estudiantes, el expresidente de Cantv y actual CEO del IESA, Gustavo Roosen, planteó una idea que se aparta del tono dominante de los últimos años: el empresariado venezolano no puede seguir definiéndose únicamente por su capacidad de resistir. Superada —o al menos asumida— la fase más aguda de la crisis, el reto vuelve a ser competir.

La afirmación no fue grandilocuente ni triunfalista, sino más bien una constatación sobria. Durante más de una década, la palabra “resiliencia” se convirtió en medalla y escudo. Las empresas que sobrevivieron a la contracción económica, a la falta de crédito y a un entorno regulatorio adverso eran vistas como excepciones. Hoy, según la línea argumental de Roosen, esa supervivencia ya no basta como horizonte estratégico.
Para este dilatado empresario y gerente, el matiz es relevante: resistir es una reacción; competir es una decisión, y las decisiones estratégicas no se toman en modo emergencia, sino en modo planificación.

Con experiencia tanto en el sector público como en el privado —incluyendo la presidencia de la principal empresa de telecomunicaciones del país y responsabilidades en la estatal Pdvsa, además de su vínculo con el propio IESA— Roosen habla desde la memoria de sistemas que alguna vez operaron con estándares de eficiencia regional. Su intervención no apeló a la nostalgia, sino a la necesidad de recuperar prácticas asociadas a productividad, innovación y reinversión.
Un nuevo paso, mayores estándares
En ese marco, Roosen insistió en que el empresariado que logró mantenerse activo lo hizo, en buena medida, reinvirtiendo utilidades y adaptándose sin acceso a financiamiento tradicional. Esa etapa, sin embargo, debería dar paso a otra donde el foco esté en elevar estándares, ganar eficiencia y prepararse para escenarios de mayor apertura.
El giro no fue aislado dentro del panel. También Rafael Arráiz Lucca, desde su perspectiva como historiador y ensayista, aportó un contexto más amplio sobre los ciclos económicos y la tradición institucional venezolana. Sin entrar en tecnicismos financieros, su intervención ayudó a recordar que los momentos de reconstrucción nacional suelen requerir acuerdos amplios y visión de largo plazo.

La conversación también incluyó la experiencia empresarial concreta de Andrés Simón González, al frente de Venemergencia. Su exposición sirvió como ejemplo práctico de una compañía que no solo sobrevivió, sino que amplió operaciones en medio de condiciones adversas, apostando por tecnología y alianzas estratégicas.
La combinación de las tres intervenciones dejó una impresión clara: el debate comienza a desplazarse del terreno de la resistencia hacia el de la competitividad. No se trata de desconocer las dificultades persistentes —restricciones financieras, fragilidad institucional, incertidumbre regulatoria— sino de asumir que el siguiente salto exige otra mentalidad.
De hecho, competitividad implica hablar de productividad, de estándares comparables internacionalmente, de capacidad de atraer inversión y talento. Implica también aceptar que la protección circunstancial o el cierre de mercados no sustituyen la necesidad de eficiencia.
La señal de los cambios
El hecho de que esta conversación ocurriera en el IESA no es menor. Se trata de un espacio históricamente vinculado a la formación de gerencia profesional en el país. Que desde allí se escuche un llamado a dejar atrás la narrativa exclusivamente defensiva puede interpretarse como señal de que ciertos sectores empresariales perciben una ventana —modesta, pero real— para reconfigurar estrategias.
No hubo anuncios espectaculares ni promesas de crecimiento inmediato. Lo que hubo fue algo más sutil: un cambio de tono.
Si la resiliencia definió la década pasada, la competitividad podría convertirse en la exigencia de la próxima. Eso supone moverse del mérito de haber resistido hacia la responsabilidad de mejorar. Del aplauso por sobrevivir al compromiso de elevar estándares.
El tránsito no será automático ni uniforme. Pero cuando figuras con trayectoria en la gestión pública y privada comienzan a hablar en esos términos, el lenguaje deja de ser casual y se convierte en síntoma. Y a veces, los síntomas preceden a los cambios estructurales.



